lunes, 20 de abril de 2009

In aeternum








Desconchada y rota, besando con su mejilla la hierba, yacía su figura extenuada entre los arbustos del jardín. El tiempo y el cielo habían dejado caer sobre ella el peso de los años de abandono en lo que otrora fue el rincón favorito de los juegos de Elisa. ¡Allí, donde la Diosa! gritaba alegre y junto a ella iba a esconderse en las tardes lánguidas del verano en compañía de los demás niños. A su lado también Daniel escribió sus primeros versos de amor. Mirándola en su inmaculada y blanca belleza, veía en aquellos ojos suyos bucólicos la mirada de su amada. Y la imaginaba mirándole a él a través de sus dulces e inmóviles párpados atemporales y era aquella chica de dieciséis años la que ladeaba la cabeza para escuchar sus primeras lágrimas salidas del pecho.



Lo había sido todo en aquel rincón. Los pájaros se posaban sobre ella y la lluvia la mojaba. El Sol la hacía arder y la Luna la bañaba de tonos fantasmales irisados al rocío de la madrugada. Cada amanecer era igual que el anterior, pero sensiblemente diferente y el jardín le daba vida, y los niños la hacían sentirse importante.Después vino la Guerra y un día ella se quedó esperando las visitas de Elisa y Daniel. Pero ya no se repitieron. La vida se le escapó en el susurro de las notas juveniles y los juegos alborotados.



Esperó día tras día la presencia en su pedestal pero tan sólo los elementos fueron ajando poco a poco el brillo de su deidad, de su amor.Un día oyó gritos dentro de la casa y supuso que al fin la familia había podido volver. Pronto se dió cuenta de que tan sólo se trataba de unos milicianos que andaban por toda la finca buscando tesoros imaginados que tan sólo se encontraban en su propaganda política. Ante el fracaso de su búsqueda en el interior de la casa salieron al jardín, con la esperanza de que los antiguos moradores hubiesen escondido su fortuna en algún rincón del mismo antes de huir más allá del Atlántico suponían.



Supusieron también que bajo el pedestal de Ella podrían hallarse estos tesoros y haciendo acopio de todas sus fuerzas y artilugios la hicieron caer con estrépito al suelo. Al descubrir con rabia que allí nada había más que tierra mojada y hierba la emprendieron a golpes y balazos contra Ella que con sus ojos fijos los miraba sin comprender.De este modo quedó en la hierba, con las piernas rotas y un brazo menos. Los balazos destruyeron gran parte de su figura y tan sólo alguien que la hubiera visto antes de derrumbarse sabría reconocer en Ella aquella Diosa donde esconderse.



Pero intactos, en la dulzura de la espera, quedaron sus ojos que no comprendían, que no podían llorar, que un día fueron los de una niña de dieciséis años y que fueron cómplices del secreto de Elisa. Dentro de Ella quedaron las risas de verano, la escarcha y los versos de un primer amor.




En el blanco seno que me arropa
tu cuerpo, sereno, me llama
y en las horas de tu ausencia
te sueño mía, eterna

Daniel Javier Martínez Jiménez
(1920-1936)








Fotografía: Jafo



Música: Úrsiban



Dibujo: La Rosa Separada



Texto: Vantysch










4 comentarios:

€_r_i_K dijo...

Esto es bueno, me quedaré, me encanta....


Abrazos....

Mimí dijo...

Uys! Qué gustico entrar!
Un placer!!
Desde los mares de Extremadura os dejo un abrazo para los cuatro

Lydia Raquel Pistagnesi dijo...

Ola amiga, desde otro continente te dejo una huella y te epero en el mio
Saludos desde Argentina

Lydia Raquel Pistagnesi

Teuvo Vehkalahti dijo...

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